Lunes, 31 Jul 2006
El Impresionismo es considerado el movimiento más importante en la pintura de las últimas décadas del siglo XIX. En estas fechas, el marco artÃstico, dominado por un eclecticismo que se estaba moviendo ya en un callejón sin salida, era forzosamente poco satisfactorio para cualquier espÃritu creador y empezó a fomentar lo que se ha llamado la generación de las rupturas estilÃsticas, una serie de rupturas que darán personalidad propia al arte contemporáneo. La primera de ellas o, si se prefiere, su preámbulo, es el Impresionismo, un movimiento, resultado de una prolongada evolución, que coloca definitivamente al siglo XIX bajo el signo del paisaje y que busca un lenguaje nuevo basado en un naturalismo extremo. La mayor parte de la generación impresionista nació entre 1830 y 1844, pero no se encontraron en ParÃs hasta la década de 1860. El acontecimiento decisivo no ocurrió hasta 1869, cuando Renoir y Claude Monet pintaron juntos en La Grenouillère-”ranerÃa” o estanque ,en francés,en este caso el principal del Bois de Boulogne-, sin duda el año más importante para el movimiento impresionista. Fue allà donde ambos descubrieron que las sombras no son pardas ni negras, sino coloreadas en su periferia, y que el color local de los objetos queda modificado por la luz que los ilumina, por reflejos de otros objetos y por contrastes de colores yuxtapuestos. Los dos pintores comenzaron a usar con creciente frecuencia colores puros y sin mezcla, sobre todo los tres colores primarios y sus complementarios, y a prescindir de negros, pardos y tonos terrosos. Aprendieron también a manejar la pintura más libre y sueltamente, sin tratar de ocultar sus pinceladas fragmentadas y la luz se fue convirtiendo en el gran factor unificador de la figura y el paisaje. Aún tenÃan que pasar cinco años para la inauguración de la primera exposición impresionista, pero lo cierto es que el Impresionismo habÃa nacido ya.
A finales de 1869 los principales pintores impresionistas ya se conocÃan bien unos a otros. Por entonces el Café Guerbois, en la Rue de Batignolles, cerca del taller de Edouard Manet (quien parece que por el momento era la personalidad dominante) se convirtió en el cuartel general de este cÃrculo artÃstico. La actitud de solidaridad de los impresionistas a comienzos de la años 1870 se expresa de un modo muy revelador en algunos retratos de grupo como el de Fantin-Latour (Taller en el barrio de Batignolles, 1870) o el de Bazille (El taller del artista en la Rue de la Condamine, 1870).
Por primera vez, durante la guerra franco-prusiana los impresionistas tienen que separarse: Renoir y Manet permanecieron en ParÃs, Bazille murió en el frente y Monet y Camille Pissarro coincidieron en Londres, donde conocieron a Durand-Ruel (1831-1922), de ahora en adelante el marchante “oficial” del grupo. De hecho, en 1873 Durand-Ruel se mostraba ya lo bastante seguro de ellos como para preparar un catálogo completo con las existencias de su galerÃa que no llegó a publicarse. Y tenÃa razones para estarlo.
1873 marcará un giro caracterÃstico del Impresionismo: el paso de la fase preparatoria a la fase de florecimiento. Los tanteos estaban olvidados y el trabajo adelantado. Pisarro y Monet habÃan hecho en Londres estudios de edificios envueltos en nieblas; Alfred Sisley, aún más vaporoso, se les habÃa adelantado por ese camino; Renoir se hallaba, de momento, bajo la total influencia de Monet; y Edgar Degas empezaba a tratar los tutús de sus bailarinas del mismo modo que Monet o Renoir las flores del campo.
Todos los impresionistas eran ya conscientes de formar un grupo y de tener iguales objetivos que defender. Su primera aparición pública como tal se estaba fraguando. A fin de pesar más a los ojos del público intentaron atraerse a otros artistas y fundaron una Sociedad anónima de pintores, escultores y grabadores que, por fin, en 1874, logró organizar una muestra en los salones del fotógrafo Nadar. En total participaron treinta y nueve pintores con más de ciento sesenta y cinco obras de las que diez eran de Degas, la mayor aportación individual del grupo, y entre las que estaba la ya legendaria Impresión: sol naciente de Monet que, burlonamente citada por un crÃtico, dio nombre al grupo.
Económicamente la exposición fue un desastre pero consiguió dar cohesión a los impresionistas y sirvió de precedente para más afortunadas empresas futuras. Dos años más tarde abrieron una nueva muestra, y luego, en 1877, una tercera. Sin embargo, el público no cesaba en su hostilidad y hasta 1879 el número de visitantes no creció. El éxito habÃa de llegar, lento pero seguro, aunque será precisamente el éxito del grupo lo que pondrá fin a estas muestras colectivas.
En principio, los impresionistas sentÃan una profunda aversión por toda pintura que fuese demasiado formal o estuviese demasiado trabajada. En ningún momento intentaron llevar al lienzo conceptos románticos como la profundidad,la soledad, el silencio o el misterio de la naturaleza, porque creÃan que la misión de la pintura consistÃa sobre todo en representar la naturaleza desde el punto de vista óptico exclusivamente. La tradicional ley de la mÃmesis (la imitación de la realidad) fue interpretada por ellos con una radicalidad sin precedentes y lo que habÃa sido criticado por la mayorÃa de las posturas estéticas del pasado (la captación puramente aparente de la realidad) se erigió en credo absoluto para el Impresionismo. La representación artÃstica, según este movimiento, no debÃa estar mediatizada ni por la imaginación ni por la razón, sino que tenÃa por único objetivo trasladar a la obra las impresiones impregnadas en los sentidos y en la retina. En este sentido el Impresionismo iba a defender un arte vinculado a la apariencia, deseoso de reflejar la temporalidad del fenómeno e indiferente por completo a la esencia oculta de la naturaleza.
Naturalmente, en este sentido, los impresionistas habÃan tenido un precedente ineludible en Corot y en la Escuela de Barbizon. Es indudable que Corot tuvo un importante papel en la formulación del Impresionismo porque renunció a muchos de los recursos formales renacentistas prefiriendo concentrar su atención en espacios más planos y más sencillos, en superficies más luminosas. Y aunque, a diferencia de los impresionistas, nunca llegó a fragmentar la luz en sus componentes cromáticos y siempre organizó y simplificó sus formas para conseguir una cierta composición clásica, también usó con frecuencia una elevada clave tonal asà como, en términos generales, un frescor y una espontaneidad nuevos en el Salón oficial. Por su parte, una vez que la Escuela de Barbizon y, en particular, Rousseau y Daubigny, hubieron adoptado la pintura al aire libre (y hay que tener en cuenta que Rousseau habÃa comenzado ya a principios de 1827), el anecdotismo inició su declinar definitivo progresando en su lugar rápidamente el ilusionismo y el estudio de la luz.
Es imposible no ver la liberación que supuso la aparición del Impresionismo y de sus consecuencias inmediatas: pintar al aire frente al motivo, observar directamente la naturaleza, otorgar a la luz la hegemonÃa que le corresponde en el dominio de lo visible, relativizar todos los colores, abandonar la pintura de leyendas polvorientas y toda ideologÃa directa, hablar de las apariencias cotidianas que conforman la experiencia de un público urbano más amplio (fiestas, dÃas de campo, barcos, mujeres al sol…)… Ningún pintor anterior se habÃa atrevido a tanto. Una pintura impresionista es, al mismo tiempo, más precisa y más vaga, que cualquier otra pintura que hayamos visto con anterioridad. En ella todo ha sido más o menos sacrificado en aras de la precisión óptica de sus colores y tonos. El espacio, las medidas, la acción (la historia), la identidad, todo queda sumergido bajo el juego de la luz.Y sorprendentemente todo puede deducirse de una simple afirmación que Monet hizo en diversas ocasiones: El motivo es para mà del todo secundario; lo que quiero representar es lo que existe entre el motivo y yo. Lo que ha cambiado es fundamental. Antes, el espectador entraba en la pintura porque su marco o sus bordes eran el umbral. La pintura en cuestión creaba su tiempo y su espacio propios y la experiencia de éstos permanecÃa inalterable y podÃa ser vivida una y otra vez. Pero el Impresionismo cerró ese tiempo y ese espacio y lo que en realidad el espectador recibe del cuadro se toma de lo que sucede entre él y la pintura porque dentro de ella no sucede nada.
La postura tradicional enseña que cuando la fotografÃa logró la plasmación real de los objetos, el Impresionismo pretendió la representación desde una nueva técnica: el abandono de la paleta de colores mezclados para usar colores puros que se yuxtaponen en la retina del espectador. Pero eso es falso. El Impresionismo mezcló a menudo el color en la paleta, lo elaboró, lo preparó, y entonces lo aplicó a la tela previa interpretación del autor y con el aporte exterior de la sensibilidad de cada espectador, porque de lo que se trataba, entre otras cosas, era de descomponer la forma en pinceladas anchas y escuetas que necesitaban forzosamente la participación del que mira.
En estas coordenadas se entiende que los tres problemas claves del Impresionismo hayan sido la luz, el espacio y el momento. El espacio se enfocaba, desde luego, de un modo totalmente nuevo: el Renacimiento tenÃa, y habÃa legado a la posteridad, un concepto dramático y escenográfico del espacio, pero el Impresionismo tenÃa un concepto aprehensivo y totalizador para cuya captación era absolutamente necesaria la concurrencia de la luz. Para la nueva representación no habÃa que acatar la regla del punto de fuga o de la unidad del cuadro bajo un punto, sino que, al ser un espacio total, captado de una forma intelectual,se podÃa apreciar por un detalle, por la relación de dos elementos del cuadro, por un enfoque diferente o por la gradación de la intensidad lumÃnica. Y es que la luz, sobre todo, se enfocó de una manera revolucionaria. Hasta ese momento se trataba de iluminar, de pintar las cosas a la luz y con luz. Para los impresionistas se trataba de pintar la luz y las cosas en la luz porque ella es el elemento esencial que envuelve la materia y por eso resulta inseparable de cualquier figura representada. Esa misma luz serÃa la que darÃa la posibilidad de plasmar el instante, lo fugaz, por la sencilla razón de que las cosas son diferentes con diferente luz. Por eso fue tan importante el Impresionismo: rompió definitivamente la iluminación directa que produce el claroscuro y, con ello, anuló todo el sentido dramático que hasta ahora imperaba en el arte y del que tanto habÃa abusado la pintura inmediatamente anterior.
En este sentido, el impacto de la ciencia sobre los pintores fue, como cabÃa esperar, fundamental,sobre todo en el campo de la investigación óptica y, en especial, en lo referente a los colores y a la estructura de la luz. El hombre de ciencia cuyo nombre suele asociarse a las teorÃas de los impresionistas sobre el color es el quÃmico francés Eugene Chevreul. En 1839 publicó su libro Los principios de la armonÃa y el contraste de los colores y su aplicación a las artes. Su principal idea era que los colores en proximidad se influyen recÃprocamente, algo que ya habÃan intuido muchos pintores pero que nunca se habÃa escrito en una teorÃa concreta y cientÃficamente demostrada. Chevreul también observó que cualquier color visto aisladamente parece estar rodeado por una leve aureola de su color complementario y estudió lo que se conoce como mezcla óptica: experimentando con hilos de lana encontró que dos hilos de tinte distinto parecen un solo y mismo color cuando se los ve juntos a distancia. Todo esto iba a ser una influencia decisiva para los impresionistas porque acabó induciendo a los pintores a matizar sombras con colores complementarios del color del objeto que las arrojaba y a yuxtaponer colores en el lienzo para que el ojo los fundiese a distancia, produciendo de esta manera colores más intensos de lo que habÃa sido posible conseguir mezclándolos simplemente en la paleta. A su vez, los impresionistas sacaron también partido del descubrimiento de que los colores complementarios yuxtapuestos, si se usan en zonas suficientemente grandes, se intensifican de manera recÃproca, mientras que, usados en pequeñas cantidades se funden, reduciéndose a un tono neutro.
Es en toda esta renovación general de la visión en la que colaborará, de un modo fundamental, la reciente moda de las láminas japonesas. Los impresionistas piden al arte japonés sugerencias internas de acuerdo con sus propias búsquedas: una limpidez nueva, la claridad de las sombras, el gusto por la sÃntesis, la asimetrÃa del planteamiento, sus escorzos y vistas desde un ángulo elevado, sus figuras desprovistas de eje, recortadas en los bordes, la tensión contrastada entre las superficies claras y oscuras… Y los temas. Como los artistas japoneses de la Escuela de Hokusai, los pintores impresionistas se empeñan en elegir sus temas a partir de las cosas que les rodean. Frente a lacrimógenos cuadros sociales, edulcoradas escenas campesinas o agradables interiores burgueses de un realismo ya domesticado, y de frente, también, a la habitual pintura oficial de historias moralizantes, el Impresionismo plantea la batalla sobre la noción todavÃa acuciante del tema, que ahora se transforma en “motivo”, y sobre la afirmación absoluta de la independencia creadora y la necesidad del artista, planteada por Baudelaire, de pertenecer a su tiempo, de expresar la modernidad.
Sin embargo, no todos los pintores del grupo fueron iguales y, ni mucho menos, fielmente ortodoxos con respecto a la estética impresionista. Las sólidas estructuras de luz y sombra de Eduard Manet fueron realizadas en su mayorÃa en interiores, después de muchos estudios preliminares, y tienen la dicción formal del arte de estudio, no la frescura de la pintura al aire libre. La atmósfera y el color local no eran, ni mucho menos, sus objetivos primordiales, y cuando representaba lo que parece, a primera vista, un tema “impresionista” era capaz de cargarlo con tantas ironÃas y contradicciones que llegaba a empañar toda su inmediatez. Dejando aparte a Berthe Morisot, el pintor del grupo que más se le aproxima es Edgar Degas, con una pintura difÃcil de comprender por su aguda inteligencia, sus intrigantes mezclas de categorÃas, sus influencias poco convencionales y, sobre todo, su tan traÃda y tan llevada “frialdad”, aquella frÃa y precisa objetividad que fue una de las máscaras de su infatigable poder de deliberación estética.
De hecho, ningún pintor del grupo es tan puramente impresionista como Claude Monet. En su obra el factor dominante es un claro esfuerzo por incorporar el nuevo modo de visión, sobre todo el carácter de la luz, mientras que la composición de grandes masas y superficies sirve únicamente para establecer cierta coherencia. Por su parte, Renoir es el pintor que nos convence de que la estética del Impresionismo fue, sobre todo, hedonista. El placer parece la cualidad más evidente de su obra, el placer inmediato y ardiente que produce en él la pintura. Nunca se dejó agobiar por problemas de estilo y llegó a decir que el objeto de un cuadro consiste simplemente en decorar una pared y que por eso era importante que los colores fueran agradables por sà mismos. Sin duda, Camille Pisarro fue el menos espectacular de los impresionistas porque es un pintor más tonal que esencialmente colorista. Pero, decano del Impresionismo, tuvo un importante papel como conciencia moral y guÃa artÃstico. Y, por último, trabajando a veces con Renoir y a veces con Monet, estaba Alfred Sisley, influido por ambos. Durante toda su vida siguió fielmente las directrices de los impresionistas pero nunca llegó a abandonar “la caza del motivo” y siempre se dejó llevar espontáneamente, con una facultad de comunicación directa, por un Romanticismo subyacente y lleno de poesÃa.
A finales de los años setenta, los impresionistas comenzaron a disgregarse, a tener dudas, a encontrar que su alborozante arte era insuficiente. En realidad, es algo desconcertante que el momento de auge de este nuevo estilo durase tan poco tiempo. Se puede aducir que, evidentemente, después de tan larga lucha, los impresionistas pudieron darse cuenta de que habÃan creado y desarrollado un nuevo idioma válido y original, y continuar, en consecuencia, durante muchos años, sacando las deducciones de sus descubrimientos. Pero lo cierto es que, en términos generales, no lo hicieron asÃ. Clark encuentra una explicación a esto en las limitaciones inherentes a un estilo que trata de transcribir simplemente la naturaleza y lo cierto es que los pintores llegaron a darse cuenta de que se hallaban en un callejón sin salida estilÃstico.
Se encontraron con el paredón del callejón cuando se dieron cuenta que toda su revolución habÃa consistido en poner los colores desde el tubo directamente en el lienzo, sin pasar por la paleta, pero que por lo demás, no habÃan inventado nada que no se habÃa hecho desde Giotto: Pintar lo más fielmente lo que veÃan: una cara con dos ojos si el modelo tenÃa dos ojos; un caballo de un metro sesenta centÃmetros de alzada si el animal tenÃa esas medidas; un rÃo de doscientos metros de ancho con un puente de cinco arcos si el rÃo tenÃa doscientos metros de ancho y cinco ojos el puente. Era bueno que desapareciesen, dejando paso al expresionismo del siglo XX: permitir a los artistas volver a las raÃces de todo el arte: el arte africano.

